San Vicente de Serrapio. Alquimia en piedra

Rutas Sagradas. Lugares míticos y mistéricos de España

Si alguien intenta imaginar un espacio idílico de altas montañas, verdes praderas y rápidos cursos de agua, el Concejo asturiano de Aller, al que dedica sus páginas el decimosexto capítulo de Rutas Sagradas, es el perfecto para esa evocación. Situado en el centro-sur del Principado, en plena Cordillera Cantábrica, y rodeado de una abrumadora naturaleza, sus paisajes son tan espectaculares como profundos y bellos.


Toda la zona estuvo habitada desde antiguo, tal y como demuestran los restos de castros astures y de la ocupación romana, de lo que dan cumplida cuenta los restos de la calzada, la Vía Carisia, abierta en la cuerda de los montes para tratar de dominar a los astures.

Nuestra referencia se encuentra en un lugar muy especial del concejo, en un punto situado el valle medio del río Aller que, además de contar con restos romanos, tiene un pequeño y maravilloso templo lleno de incógnitas. De hecho, sería difícil encontrar en Asturias un monumento con más enigmas que San Vicente de Serrapio, empezando por su misma advocación, pues la iglesia no parece tener más referencia a este santo que su propio nombre. Por otro lado, cada vez que alguien ha removido algo de la iglesia a lo largo de los últimos siglos, han aparecido cosas nuevas que enriquecen el misterio de este pequeño templo.

El capítulo se apoya en diversos documentos, el primero de los cuales forma para del libro “Asturias Monumental, Epigráfica y Diplomática”, de Ciriaco Miguel Vigil, de 1885. Según el mismo, un párroco hizo unas obras en el templo y aparecieron diversas inscripciones, la primera, un ara dedicada a Júpiter, lo que demostraría el origen romano del templo; la segunda demostraría la autoría del templo, citando al presbítero Gagius como impulsor de la misma, en el mes de julio de 982 (944 de nuestro calendario), y a Mellitus como constructor. Añade: “me expresó después verbalmente que, al practicar ciertas obras de ornato en dicho altar, apareciera en el centro de su mesa un ara consistente en una caja grande de piedra, cerrada herméticamente; levantada la pieza que formaba la tapa, se descubrieron en el interior dos divisiones, con dos terceras partes llenas de agua muy cristalina, donde sobrenadaban dos cajitas e madera de cortas dimensiones; que la una se deterioró completamente al cogerla, y la otra se conservaba íntegra, conteniendo cierta materia pulverizada, que era a su juicio de reliquias de los Santos depositadas allí cuando la consagración del altar o del templo, con un letrero muy diminuto en la parte exterior”.


Quizás, como apuntaba un aficionado a este tipo de enigmas tras leer la cita, lo que más llama la atención del pasaje es precisamente la presencia del agua cristalina, puesto que la profusión de reliquias era lo habitual en los templos de la Edad Media y la única forma de salir adelante que tenían muchos cenobios, incluso muchas iglesias, pero lo de que se conserve el agua cristalina, con pequeñas cajas de madera flotando en ella, no deja de ser de lo más raro.

Para muchos, el agua incorrupta es la prueba de su naturaleza alquímica. Según otras noticias, en una de las cajas había un pergamino con una inscripción en latín que se refería al Lignum Crucis y a un misterioso santo desconocido llamado San Grogio.

Buscando claves

Aunque la iglesia de San Vicente de Serrapio o Serapio tiene un exterior poco llamativo, cruzar su umbral significa penetrar en un abigarrado “museo” de simbología esotérico-hermética de difícil parangón en nuestra península. Para muchos, esta iglesia románica asturiana es un compendio de saberes alquímicos dejados allí por los míticos caballeros del Temple y, templaria o no, lo cierto es que este lugar lleno de enigmas merece una visita reposada.


La titularidad del lugar parece referirse a San Vicente Mártir o San Vicente de Huesca que, según el martirologio cristiano, fue atormentado y muerto en tiempos de Diocleciano, siendo uno de los instrumentos de tortura la cruz en aspa. Esta cruz la podemos encontrar en el interior, disimulada en la pila bautismal románica.

Como sabemos, uno de los cultos más extendidos en la Alejandría ptolomeica fue el de Serapis, un dios que nace de la fusión del jefe olímpico griego Zeus y el egipcio buey Apis. Su iconografía muestra un hombre de aspecto imponente, de largas melenas y barbas, tocado por un singular gorro cilíndrico. Esta deidad fue impulsada por Ptolomeo I con el fin de fusionar las deidades griegas y egipcias y declaró a Serapis como patrón de Alejandría, en donde tuvo un templo de enorme magnificencia. Su culto estuvo en activo durante casi 600 años y los romanos, posteriormente, lo identificaron con Júpiter. Serapis solía ser representado con el Can Cerbero a sus pies y con una serpiente. Es posible que tanto el nombre como las referencias mencionadas sean solo una casualidad, pero lo que la investigación histórica sí afirma es que este lugar ya fue considerado como sagrado por los romanos y que el culto a Júpiter-Serapis estaba muy extendido.

No quedan aquí las extrañezas del tempo, ya que durante las obras de restauración, llevadas a cabo en la década de los 90 del pasado siglo, salieron a la luz tres calaveras sobre la pila de agua bendita.


Además, la simbología de las pinturas murales también sorprende. No sólo hay referencias al Santo Grial, sino que diversas cruces han hecho que muchos estudiosos vean la mano de los templarios en el lugar. Las estrellas y las cruces de la bóveda que antecede a la sacristía no dejan de evocar otros tiempos y otras gentes. En cuanto a lo del Grial, la referencia se encuentra en la pintura del ángel recogiendo la sangre de la muñeca del Cristo crucificado. Símbolos alquímicos en los canecillos, en los capiteles, en las pinturas, lo cierto es que hay muchas cuestiones por esclarecer y las obras de restauración, que dejaron al descubierto las pinturas murales, aún profundizan esta sensación.


Esther de Aragón

www.damadelsur.com

Ficha técnica de Rutas Sagradas

  • Título: Rutas Sagradas. Lugares Míticos y Mistéricos de España
  • Sebastián Vázquez y Esther de Aragón
  • Ed.: La Esfera de los Libros, Col. Palmyra. Madrid, 2015