San Pantaleón de Losa. La sangre de Sansón

Rutas Sagradas. Lugares míticos y mistéricos de España

El viaje que proponemos hoy, siguiendo el capítulo 22 de Rutas Sagradas, guarda unas cuantas singularidades, comenzando por su propio asentamiento. La bella e insólita imagen que ofrece la ermita de San Pantaleón de Losa cuando aparece sobre la Peña Colorada, tras las curvas de la carretera que acompañan al río Jerea, afianza la estela de lo enigmático que siempre ha acompañado al templo.


Su asentamiento, sobre una gran roca que semeja una quilla de barco encallado a espaldas del pueblo, podría haber guiado en la Edad Media a los peregrinos devotos de las reliquias de San Pantaleón. Lo cierto es que es una suerte poder ascender hasta la ermita, dejarse llevar por el bello paisaje natural del entorno y, contemplando la singular edificación, intentar interpretar a sus constructores y adivinar lo que vivieron aquellos monjes soldado de la Orden de San Juan que se instalaron allí.

Sobre los restos de un castro de la Edad del Hierro y al amparo de una desaparecida fortaleza fue levantada la ermita románica de San Pantaleón de Losa, en el siglo XIII. En el siglo XVI, aprovechando el espacio de la arrasada y anexa Casa del Priorazgo, se realizó la ampliación gótica de la ermita que hoy conocemos y que, además de una nave, incorporó un baldaquino que encierra un sepulcro románico que, supuestamente, debió guardar las veneradas reliquias de San Pantaleón.

Declarada Monumento Histórico en 1941, la inmortal ermita ha vivido diversas restauraciones que han sacado a la luz vestigios interesantes, como pinturas murales o restos arqueológicos.

La interpretación de la iconografía, complicada, es un aspecto tan atractivo como el propio lugar de su asentamiento. Los capiteles de la portada, del interior y de sus ventanas exteriores están decorados. Algunos presentan retazos de la vida del santo, pero también los hay con decoración de temas vegetales y de cestería, con bolas, mascarones grotescos, monstruos estilófagos -que engullen a la propia columna-, rostros humanos y una escena del Paraíso, en la que aparecen Adán y Eva, así como un demonio en forma de búho. Además, y para reforzar la singularidad, las arquivoltas del arco de entrada y de una ventana del ábside muestran “emparedados” de difícil interpretación, tan complicada como el propio “gigante” que sustituye a una de las columnas del lado izquierdo de la portada o el “rayo” de otra columna lateral.


La sangre de un santo peculiar

Cada 27 de julio se repite, en el convento de la Encarnación de Madrid, el extraño fenómeno de la licuefacción de la sangre de San Pantaleón. Este hecho se viene produciendo desde el siglo XVI, llevándose a efecto el milagro en la misma fecha también en la ciudad italiana de Ravella, cerca de Nápoles, en donde se conserva otra ampolla con la sangre del santo.

Sin embargo, muchas veces se olvida que la sangre que se custodia y venera en un convento madrileño procede de nuestra ermita burgalesa, una sangre que se dice profética, pues la tradición afirma que si no se licua en la fecha señalada, es augurio de grandes males que acontecerán en breve. Se cuenta que en 1935 no se llevó a efecto el milagro, lo que para algunos fue el anunció de la terrible Guerra Civil.

San Pantaleón es uno de los antiguos mártires del cristianismo, pues su vida, tormentos y muerte ocurrieron allá por el siglo III o IV. Cuentan las crónicas que era un médico prodigioso -hasta resurrecciones se le atribuyen- y que murió después de que le aplicaran diversos tormentos, de los cuales resultaba ileso de modo milagroso. Salió por su pie de una caldera con plomo fundido, regresó del mar al que fue lanzado atado a una gran piedra, amansó a las fieras a las que fue arrojado y derritió los instrumentos de martirio de sus verdugos. Finalmente, decidió dejarse decapitar.

Se dice que de su cuerpo manó sangre y leche y que la sangre que brotó de su cabeza cortada hizo florecer un olivo que estaba marchito, siendo recogida después y guardada como reliquia en las ampollas que todavía hoy se conservan.

Hasta aquí la leyenda del santo nacido en la lejana Nicomedia, actual Turquía, y de cuya presencia y culto en Burgos poco podemos saber, salvo la recurrente posibilidad de que unos caballeros cruzados hubiesen podido traer hasta nuestra península sus reliquias.

La condición de médico sublime del santo y su sangre milagrosa, sin duda, convierten este extraordinario paraje en un lugar salutífero.


Grial y piedra viva

Si hay algo que llama inmediatamente la atención en la compleja iconografía de San Pantaleón es precisamente el “gigante” que nos encontramos en la portada, una escultura de factura única en el románico. Han sido muchas las hipótesis sobre la identidad de tan sorprendente personaje. Según se sitúa el viajero frente a la puerta, el gigante sería la columna de su izquierda, pero la columna de la derecha no es menos singular, ya que aparenta ser un rayo. Puede identificarse a dicho gigante con Sansón o incluso con Hércules

Otra sorpresa no menos curiosa reside en los personajes aparentemente atrapados en la piedra, algunos de los cuales se ven claramente en el ábside. Como sabemos, uno de los misterios que se atribuían a los constructores medievales y a sus canteros era el de ser capaces de tallar “piedras vivas” y, con ellas, construir “templos vivos”. Sea como fuere, una mirada relajada a capiteles y metopas llevará al visitante a preguntarse si aquellos constructores quisieron dejarnos un mensaje.

Contexto histórico

En estos lugares del norte de la actual provincia burgalesa se halla el germen de Castilla, no en vano aparece escrito el nombre, por primera vez, a comienzos del siglo IX en el documento de fundación del monasterio de Taranco, situado en el cercano valle de Mena. Allí, como en tantos otros puntos del norte, se establecieron gentes procedentes del otro lado de la cordillera cantábrica. Buscaban tierras ganaderas y cerealistas y los moros apenas habían paseado por la zona, dejando el espacio vacío, únicamente habitado por eremitas, que aprovechaban las numerosas cuevas de las paredes calizas.


Mientras Carlomagno marchaba sobre Roma, esperando ser ungido Emperador de Occidente por el Papa León III, Castilla daba sus primeros pasos en tierras del alto Ebro, al norte de los Montes Obarenes y de la Sierra de Tesla, con el impulso de quienes cruzaron la cordillera para comenzar una nueva vida y se establecieron en aldeas, alrededor de templos y pequeños cenobios y a la sombra de torres y fortificaciones que vigilaban y protegían de las razias moras. Pero aquellas tierras habían sido habitadas desde muy antiguo, como demuestran los restos arqueológicos de castros y fortificaciones. En el propio valle de Losa se cruzaban dos vías romanas, caminos que siguieron utilizándose tras la desaparición del Imperio y que favorecieron el acceso de los peregrinos al Camino de Santiago en época medieval, lo que también ayudó a crear asentamientos de caballeros del Temple y de la Orden de San Juan en el territorio que después se conocería como Las Merindades, tal y como ocurrió en San Pantaleón de Losa. Bajo el mando de los condes castellanos, las demarcaciones territoriales, alfoces, fueron aumentando en número y al llegar el siglo XIII, entre Alfonso VII y Alfonso VIII, cuando el poder de los señores podía escapar a la monarquía castellana, el rey creó las Merindades, circunscripciones territoriales mayores que agruparon, a su vez, a las merindades menores, sistema que se mantuvo casi intacto hasta el siglo XVIII.

Esther de Aragón

www.damadelsur.com

  • Ficha técnica de Rutas Sagradas
  • Título: Rutas Sagradas. Lugares Míticos y Mistéricos de España
  • Sebastián Vázquez y Esther de Aragón
  • Ed.: La Esfera de los Libros, Col. Palmyra. Madrid, 2015