San Juan de la Peña. La casa del Grial

Rutas Sagradas. Lugares míticos y mistéricos de España

Cualquier persona que contemple el monasterio de San Juan de la Peña, en la pre-pirenaica sierra de San Juan y resguardado en medio de inmensos farallones de roca, entenderá el porqué de las dificultades que la falta de sol y las humedades debieron ejercer sobre los monjes, hasta el punto de obligarles a levantar el edificio barroco sobre el Llano de San Indalecio, por encima del monasterio viejo. Ambos son Monumento Nacional, desde 1889 y 1923, respectivamente. A ellos dedica el Capítulo XV el libro de Rutas Sagradas.

Dejamos la descripción del “viejo” en las gráficas y evocadoras palabras de Miguel de Unamuno: “Y bajamos al viejo y venerable santuario. En un socavón de las entrañas rocosas de la tierra, en una gran cueva abierta, una argamasa de pedruscos que se corona con cimera de pinos. Y allí, en aquella hendidura, remendado con sucesivos remiendos, el santuario medieval en el que se recogieron monjes benedictinos, laya de jabalíes místicos, entre anacoretas y guerreros, que veían pasar el invierno, hollando nieve, jabalíes irracionales del bosque, osos, lobos y otras alimañas salvajes”.


Origen del reino de Aragón

El monasterio está rodeado de leyendas, a cual más interesante y bella, desde su misma fundación, no importa en qué momento. El lugar sugiere que pudo estar habitado por ermitaños en la alta Edad Media, aunque el hábitat de este lugar, en palabras de diversos cronistas, es el origen de los primeros pasos del reino de Aragón. Se trata de la leyenda del Monte Pano, según la cual, dos centenares de hispano-visigodos, que huían de la invasión musulmana, se refugiaron en estos “inhóspitos parajes”, sobre la sierra de San Juan (allí donde está el monasterio nuevo) y levantaron un asentamiento fortificado, al que llamaron Pano, que enseguida se encargó de destruir un emir cordobés.

Por lo que respecta a la leyenda de la fundación del monasterio “viejo”, comienza cuando un joven ilustre de Zaragoza, de nombre Voto, iba a caballo de caza por estos parajes. En un momento dado, inició la persecución de un ciervo a galope tendido y no se dio cuenta de que llegaba a un profundo cortado, de forma que invocó a San Juan Bautista y el caballo se detuvo al mismo borde del abismo. No creyendo aún lo sucedido, pero incitado por la curiosidad que sentía ante el paraje, descendió entre rocas hasta llegar a la inmensa cavidad rocosa en la que hoy está el monasterio, en la que encontró una fuente y un eremitorio bajo la advocación, precisamente, de San Juan Bautista. Dentro de la gruta, además, descubrió el cadáver de un santo ermitaño, Juan de Atarés, a quien él mismo dio sepultura. Después se dirigió a su ciudad, vendió sus bienes y volvió a San Juan de la Peña con su hermano Félix, dedicando desde ese momento su vida a la oración. Las crónicas del archivo pinatense continúan la historia diciendo que, al morir Voto y Félix, llegaron al lugar otros dos santos hombres, Benedicto y Marthelo, dando continuidad a la tradición eremítica del lugar.


El Grial

Tras su refundación en 1030 por Sancho el Mayor de Navarra, su hijo Ramiro, primer rey de Aragón, dispuso su enterramiento en suelo sagrado del monasterio viejo, lo mismo que sus inmediatos sucesores, que cerraron el mejor momento de San Juan de la Peña. Pero otras leyendas debemos traer a colación sobre el lugar, entre ellas, la estancia durante un tiempo del Grial. La leyenda de su llegada a San Juan de la Peña tiene variantes, pero más o menos cuenta que San Lorenzo, el de la parrilla, era natural de estas tierras y que en Roma fue diácono del Papa Sixto, allá por el siglo III. Temeroso el Papa de que los romanos les arrebatasen la reliquia más sagrada, la entregó al joven diácono, que la ocultó en este recóndito y perdido escarpado. Muchos otros lugares sacros oscenses también tuvieron el privilegio de albergar el Grial, según qué mito se narre, y por eso se dice que deambuló de un monasterio a otro. Sin embargo, es aquí, bajo esta peña, donde el Grial tiene su casa.

No importa si el Grial hace referencia al cáliz de la última cena, a un símbolo o a una metáfora iniciática, pues San Juan de la Peña guarda mudo la respuesta. Tal vez ésta se halle oculta entre los capiteles de su claustro, que parece ordenar la piedra bruta que le sirve de techo. Es difícil encontrar tanta expresividad, y tan delicada, como la que nos dejó en San Juan el maestro cantero que los esculpió. O tal vez la clave esté en el enorme flujo espiritual que la iglesia inferior, semi-excavada en la roca, deja en el visitante, o en la llamada Sala de los Concilios que, al igual que el claustro ordena la fuerza de la roca superior, ordena la fuerza telúrica de la roca de abajo, o en la iglesia superior con sus tres ábsides, cada uno con su altar. Para los que conocen el Arte de la construcción sagrada, San Juan de la Peña es un libro de texto de cómo la mano del hombre es capaz de poner las fuerzas invisibles de la naturaleza a la medida y al servicio del ser humano. Pero en San Juan de la Peña, dicen que el peregrino recibía la enseñanza de que Cristo era “hijo de Hombre” a la par que “hijo de Dios” y ese Hombre sagrado que él era tenía un sancta santorum más sagrado si cabe: su propio corazón: el Grial.

Esplendor y decadencia

A pesar de todo el poder que llegó a alcanzar el monasterio durante el siglo XI y la primera mitad del siguiente, su decadencia inició su andadura en la segunda mitad del XII; la monarquía ya había desplazado sus preferencias hacia otros puntos. Aún así, los monarcas aragoneses protegieron el monasterio viejo durante siglos, continuando esta labor la monarquía española, prueba de lo cual es la ayuda que recibió tras el incendio de 1675 -el último de los que sufrió el viejo monasterio, y el más terrible porque en él se perdió parte del archivo y diversas dependencias-, lo que forzó a la construcción del monasterio “nuevo” en la zona alta de la sierra, en la pradera llamada Llano de San Indalecio, con el consentimiento de Carlos II, que no dudó en apoyar a los monjes. A comienzos del siglo XIX, las tropas napoleónicas incendiaron y saquearon el monasterio nuevo, forzando la Desamortización su total abandono.

El monasterio viejo de San Juan de la Peña emite una sobriedad exterior digna de la roca de la que parecen brotar sus dependencias. Dividido en dos plantas, la inferior conserva parte de lo que fueron las estancias del monasterio pre-románico: la iglesia -del 920- y la mal llamada Sala de los Concilios –probablemente, el dormitorio de los monjes primitivo-. En la planta superior, la iglesia, consagrada en 1094, la capilla gótica de San Victorián y la de los santos Voto y Félix, el panteón de nobles y el panteón real, trasladado y rehecho en época de Carlos III. En cuanto al claustro, del siglo XII, es la obra más bella del monasterio, a nuestro entender.

Esther de Aragón

www.damadelsur.com

  • Ficha técnica de Rutas Sagradas
  • Título: Rutas Sagradas. Lugares Míticos y Mistéricos de España
  • Sebastián Vázquez y Esther de Aragón
  • Ed.: La Esfera de los Libros, Col. Palmyra. Madrid, 2015